
Los empresarios más acaudalados de México han amasado enormes fortunas a lo largo de las últimas décadas al amparo de la posición dominante de sus conglomerados en los sectores en los que operan. Sin embargo, esa riqueza no permanece en el país, migra principalmente hacia Estados Unidos y otros destinos considerados paraísos fiscales.
En este éxodo, el banco estadounidense más grande por activos y valor de mercado, JPMorgan Chase, juega un papel central: es el principal administrador del dinero de los mexicanos en el extranjero.
A través de esta institución se gestiona el 50% del capital de los multimillonarios mexicanos en Estados Unidos, estimado en 90,000 millones de dólares. Esta cifra representa cerca de una tercera parte de los flujos mexicanos a nivel global, de aproximadamente 300,000 millones de dólares.
México es el único país cuyos activos bancarios en el exterior superan a los que se mantienen dentro de su territorio. Gran parte de estos recursos, además de llegar a Estados Unidos, se dirige hacia jurisdicciones con incentivos fiscales, mediante estructuras financieras sofisticadas, muchas diseñadas por JPMorgan.
Sin embargo, no es la única institución que se ha beneficiado de este lucrativo negocio. En esta lista también destacan Morgan Stanley, Citigroup, Bank of America y Merrill Lynch. En Suiza, UBS –que en 2023 se fusionó con Credit Suisse– se posiciona como el principal jugador.
Y aunque es prácticamente imposible conocer el monto exacto de los activos en las cuentas de estos magnates, esa acumulación de riqueza comparte un rasgo común: suele heredarse y mantenerse bajo control familiar. Esta constante, por un lado, beneficia a las instituciones financieras que cobran elevadas comisiones por administrar esos patrimonios, pero, por otro, también representa una barrera para la entrada de inversión extranjera al país.
Miami, más allá de Wall Street
JPMorgan entendió antes que otros hacia dónde se movía el dinero. En 2021, decidió salir del negocio de banca privada en México, anticipando el desplazamiento de la gestión patrimonial hacia el exterior. En otras palabras, dejó de competir por administrar las fortunas dentro de México, pero no por el dinero de los mexicanos.
El destino de los capitales mexicanos, sin embargo, no se limita a Wall Street, considerado el centro financiero más importante del mundo. Desde hace varios años, Miami se ha convertido en otro centro financiero relevante para Latinoamérica.
En este auge, JPMorgan Chase también juega un papel importante y desde hace algunos años ha incrementado su fuerza laboral en la ciudad para aprovechar el potencial del mercado latino.
La consolidación de Miami como centro financiero regional coincide con la evolución del modelo de negocio de JPMorgan, que ha encontrado en la gestión de activos y patrimonios un negocio altamente rentable. A diferencia de la banca tradicional, este segmento no depende del crédito, sino de la administración de grandes fortunas a través de family offices, un negocio que genera comisiones constantes y de alto margen.
La ciudad también funciona como un punto de entrada para el capital latinoamericano hacia el sistema financiero estadounidense. Para los clientes mexicanos, representa una alternativa a Nueva York, pero con ventajas operativas que facilitan la relación directa con sus banqueros y la estructuración de sus inversiones.
Esta capacidad de integración es uno de los factores que explican por qué una proporción significativa del dinero mexicano en el extranjero termina bajo la administración de JPMorgan.
De acuerdo con su reporte anual de 2025, el banco estadounidense administra activos por 4.4 billones de dólares a nivel global, prácticamente el doble que hace 10 años, y en donde una parte importante de ellos la aporta el mercado latinoamericano.
El auge de Miami también responde a factores externos como la volatilidad económica en Latinoamérica, los cambios regulatorios y la incertidumbre política, que han incentivado a las grandes fortunas a diversificar su patrimonio fuera de sus países de origen. En ese proceso, los bancos globales han encontrado una oportunidad para captar recursos que buscan estabilidad y acceso a mercados más profundos.

El peso de las familias en la bolsa
Los nombres de Elon Musk, Larry Page, Jeff Bezos y Mark Zuckerberg son más que conocidos por encabezar los listados de las fortunas globales. También porque estos personajes comparten algo en común: su riqueza se construyó a partir de proyectos que resultaron disruptivos para sus tiempos.
En México la historia es distinta, ya que los grandes capitales provienen en la mayoría de los casos de herencias familiares y empresas de sectores tradicionales, pero que mueven al mercado bursátil local.
Esta característica tiene implicaciones directas en el mercado bursátil. La alta concentración accionaria reduce la cantidad de títulos disponibles para el público inversionista, lo que limita la liquidez y desincentiva la entrada de nuevos participantes.
De las 10 emisoras de mayor peso en la Bolsa Mexicana de Valores, siete tienen origen familiar. En varios casos, estos grupos mantienen el control a través de fideicomisos y vehículos de inversión.
Carlos Slim Helú encabeza la lista. Su fortuna –estimada en 126,000 millones de dólares– se sustenta en un conglomerado donde América Móvil es el activo más representativo. La familia del “ingeniero”, como es conocido el magnate de 86 años, controla 55.7% de la compañía, a través de un fideicomiso, y del vehículo de inversión Control Empresarial de Capitales, además de las acciones individuales de Slim Helú.
Un esquema similar se repite con el segundo hombre más rico del país: Germán Larrea Mota Velasco, con una fortuna calculada en 67,700 mdd, y que sostiene Grupo México, uno de los conglomerados mineros líderes en la producción mundial de cobre, que tiene a la familia Mota Velasco –a través de Empresas Industriales de México– como su principal accionista con un 40.6% de participación, mientras que el patriarca posee un interés adicional de 19.2%.
Por su parte, la fortuna estimada de Alejandro Baillères Gual ascendía a 13,600 mdd, tras asumir en 2022 el liderazgo del conjunto de empresas que conforman Grupo Bal. De este grupo de compañías, la más valiosa es Industrias Peñoles, donde la participación de la familia Baillères asciende al 52.8% mediante un fideicomiso del que Alejandro es el principal beneficiario, con un 83%.
Otras empresas que también tienen grupos familiares con control en la toma de decisiones son Grupo Bimbo, la panificadora de la familia Servitje (con 68.07%); el conglomerado de consumo Femsa, de la familia Garza Lagüera, con 39.9% de participación; Grupo Financiero Banorte, donde la familia Hank controla 12.0%; y el gigante cementero Cemex, con la familia Zambrano, con 1.6% de forma directa.
Un análisis de Ernst & Young y la Universidad de Saint Gallen identifica al menos 15 empresas listadas en bolsa bajo este esquema, incluidas firmas como Sigma, Chedraui, Arca Continental, Grupo Elektra, Soriana, Orbia, Gruma, Lala, Bachoco, Xignux y Televisa.
Fondos: interés con límites
El predominio de estructuras familiares también plantea desafíos. El Informe Global sobre Family Offices 2026 advierte riesgos en empresas familiares, principalmente por conflictos internos; además, 86% carece de un plan de sucesión, y falta preparación en las nuevas generaciones para asumir roles de liderazgo.
Estas condiciones han limitado la participación de inversionistas especializados en institucionalización. Aun así, algunos fondos han logrado abrirse espacio en el mercado mexicano.
Firmas como General Atlantic, Ares Management y Apollo Global Management han concretado inversiones en sectores clave, desde el inmobiliario hasta reestructuras corporativas y activos deportivos.
Para estos gestores, México sigue siendo atractivo, especialmente en empresas con ingresos vinculados al dólar. Sin embargo, la resistencia a diluir el control accionario continúa siendo una barrera relevante.
El dominio de las familias empresarias responde tanto a la antigüedad de los negocios como a procesos tempranos de profesionalización, señala María Fonseca, directora del Instituto de Familias Empresarias del Tecnológico de Monterrey.
“Han sido los que dieron el paso de profesionalizar sus operaciones, de entender la importancia de la rendición de cuentas y la transparencia”, explica. En muchos casos, estas compañías prefieren financiar su crecimiento con recursos propios o deuda, en lugar de acudir al mercado de capitales, lo que reduce el número de emisoras disponibles.
No obstante, esta visión no es unánime. Para Fonseca, el mercado mexicano muestra una convivencia entre grupos familiares e inversionistas institucionales, una dinámica que podría consolidarse en los próximos años.
Ricardo Aparicio, director del CIFEM del IPADE, coincide en que esta combinación puede resultar positiva. Mientras las familias priorizan estabilidad y control de largo plazo, los inversionistas buscan maximizar rendimientos.
Puede haber una mezcla sana, en la que el empresario familiar mantenga cierto control, pero al mismo tiempo incorpore esquemas de inversión más sofisticados”, señala.
Esa convivencia entre control familiar y capital institucional también ayuda a explicar el destino de la riqueza. En un mercado como el mexicano, caracterizado por el escaso número de emisoras y alta concentración, una parte relevante del dinero opta por salir y buscar mejores condiciones para su gestión.
Ahí es donde entran los bancos globales. Si bien JPMorgan no cambió la dinámica, sí ajustó su estrategia para competir por los patrimonios dentro de México para administrarlos desde el extranjero. El resultado es un capital que se concentra, se hereda y, cada vez más, se gestiona fuera del país.
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