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Afores: el dinero mal asignado de 70 millones de pensiones

Las Afores administran cientos de miles de millones de dólares, pero no todas sus decisiones se han tomado en beneficio de los trabajadores.

Publicado el 12 de mayo, 2026

Entre cenas de miles de dólares, en destinos paradisíacos como Miami o Cancún, se toman decisiones que inciden en alrededor de 70 millones de cuentas de los mexicanos. Las Afores, que administran alrededor de 488,000 millones de dólares –más de 8 billones de pesos–, han canalizado parte de ese capital a proyectos que no cumplieron lo prometido.

Algunos fracasaron por razones financieras; en los casos más delicados, fuentes del sector aseguraron a EL CEO que las inversiones se aprobaron sin una evaluación de riesgos suficiente por parte de los propios comités de las administradoras.

Una parte de estos recursos –alrededor de 7.6%– se invierte a través de instrumentos estructurados como los CKDs, vehículos diseñados desde 2009 para detonar infraestructura. Sin embargo, se estima que más del 90% de estas inversiones no ha entregado los rendimientos previstos, lo que abre cuestionamientos sobre su diseño, supervisión y ejecución.

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El problema no se limita a estos instrumentos. En el mercado accionario local, donde las Afores concentran 7.3% de su portafolio, hay emisoras que destruyeron valor por decisiones corporativas deficientes: desde las vivienderas a inicios de siglo: Homex, Sare, Geo y Urbi. Hasta financieras no bancarias que terminaron en incumplimiento en años más recientes: Crédito Real, Unifin, AlphaCredit, Tangelo y Operadora Mega.

En conjunto, estos segmentos representan 15% del portafolio, lo que dimensiona la relevancia de una diversificación efectiva en el manejo del ahorro pensionario.


EL CEO la revista Mayo

Un SAR que funciona a medias

Desde su creación en 1997, las Afores han acumulado activos equivalentes a cerca de una cuarta parte del PIB, con un crecimiento sostenido durante casi tres décadas. En los últimos años, los rendimientos han representado más de la mitad del saldo en las cuentas individuales, reflejo de una gestión, en términos generales, favorable.

Pero el tamaño del Sistema de Ahorro para el Retiro (SAR) exige una supervisión acorde. Buena parte de sus debilidades provienen de las evaluaciones de riesgo.

En los instrumentos estructurados, el diseño de incentivos ha sido objeto de críticas recurrentes. Los gestores que estructuran y administran estos proyectos suelen recibir comisiones fijas durante varios años, independientemente del resultado final

Sin embargo, hay un desbalance notable en esta práctica recurrente en el SAR: los rendimientos del trabajador dependen del éxito del proyecto, mientras los ingresos del administrador están garantizados desde el inicio.

A esto se suma un problema de selección. En un entorno en el que escasean  los proyectos en el país, el capital tiende a concentrarse en gestores conocidos o en estructuras recurrentes, lo que limita la entrada de nuevos participantes y reduce la diversidad de oportunidades. El resultado es un círculo cerrado que eleva la exposición a un número reducido de jugadores.

Un ejemplo es la concentración en gestores globales como BlackRock o Blackstone, que han captado recursos relevantes de Afores tanto para infraestructura como para productos listados como el NAFTRAC, Fondo Cotizado en Bolsa (ETF) que replica el IPC.

En el sector, según diversas fuentes consultadas, ya existe preocupación por esta concentración. A ello se suma una práctica ampliamente conocida en el sector: invitaciones a viajes, comidas y otros incentivos dirigidos a integrantes de comités de inversión para promover proyectos.

La supervisión también enfrenta límites estructurales. La capacidad del regulador –la Comisión Nacional del Sistema de Ahorro para el Retiro (Consar)–  para evaluar a profundidad el desempeño por clase de activo y ajustar los límites de inversión en función de resultados ha sido, en el mejor de los casos, parcial.

El resultado es un sistema donde los incentivos no siempre están alineados con el objetivo central: maximizar el rendimiento de largo plazo para los trabajadores.

Las enseñanzas de los fondos globales

A primera vista, el portafolio de las Afores luce prudente. Más de la mitad de los recursos está invertida en deuda gubernamental mexicana, lo que refleja un enfoque históricamente orientado a la estabilidad y la liquidez.

Sin embargo, esa cautela convive con una paradoja: más allá de instrumentos de inversión como Cetes, Udibonos y bonos de largo plazo, la diversificación es limitada y, en algunos casos, poco eficiente.

La exposición a instrumentos privados —alrededor de 12%— se concentra principalmente en proyectos locales, muchos vinculados a infraestructura o bienes raíces, con resultados desiguales. Al mismo tiempo, la dependencia de grandes gestores internacionales para invertir en mercados globales reduce la capacidad de las Afores para construir una estrategia propia.

El sistema, en consecuencia, no aprovecha plenamente la diversificación global ni captura de forma consistente los retornos de otros segmentos.

El contraste es evidente frente a los grandes fondos internacionales. Mientras en México la exposición a activos privados es acotada y local, fondos como CalPERS, CalSTRS o el New York State Common Retirement Fund destinan entre 35 y 40% de sus portafolios a activos alternativos: private equity, infraestructura, bienes raíces y crédito privado, instrumentos que, a la postre, pueden generar rendimientos más altos.

Esa asignación responde a una estrategia construida durante décadas. Estos fondos han desarrollado equipos especializados, redes globales de relación y procesos rigurosos de evaluación que les permiten acceder a oportunidades fuera del alcance de los mercados públicos.

Sin embargo, la brecha con el sistema de pensiones de Estados Unidos no necesariamente refleja un fallo del sistema mexicano, sino su principal oportunidad de crecimiento.

Con activos cercanos a los 488,000 millones de dólares, las Afores tienen la escala para participar en esos mercados. El reto es fortalecer equipos, ampliar relaciones con más gestores globales y profundizar procesos de due diligence.

Los cambios regulatorios recientes —el último en 2024— que amplían los límites de inversión en activos alternativos apuntan en esa dirección. Pero el ritmo de evolución sigue por detrás del de otros mercados.

En un entorno de rendimientos más moderados en los mercados públicos, la capacidad de capturar valor en activos privados puede marcar una diferencia relevante. Cada punto porcentual adicional de rendimiento, aplicado al total de activos, implica miles de millones de pesos para las cuentas individuales.

Discrecionalidad, el riesgo hacia adelante

La presión para canalizar recursos hacia proyectos específicos, en particular aquellos impulsados desde el sector público, es uno de los principales riesgos.

El tema cobró fuerza en abril pasado, cuando el Congreso aprobó la Ley de Inversión e Infraestructura para proyectos de energía, puertos, agua y carreteras. La iniciativa generó cuestionamientos sobre el uso de los ahorros pensionarios en proyectos prioritarios para el gobierno, aunque no necesariamente rentables.

Si bien la Asociación Mexicana de Administradoras de Fondos para el Retiro (Amafore) ha señalado que los recursos no están en riesgo y que los límites regulatorios se mantienen, los antecedentes con instrumentos estructurados obligan a una revisión más profunda.

A ello se suma la reforma a la Ley del Mercado de Valores de 2023, que introdujo la figura de emisoras simplificadas para facilitar el acceso de pequeñas y medianas empresas (pymes) al financiamiento bursátil. El esquema ha sido recibido con cautela por las Afores: hasta ahora no se ha concretado ninguna emisión, ante dudas sobre su viabilidad y perfil de riesgo.

Las Afores han demostrado capacidad para administrar con estabilidad el ahorro de millones de mexicanos. Pero el siguiente paso es evolucionar hacia un modelo de inversión más sofisticado, capaz de competir en un entorno global.

No se trata de abandonar la prudencia en las inversiones que se destinan ciertos activos considerados seguros, sino de complementarla con una mejor asignación del riesgo y una supervisión más estricta de la Consar. Tampoco de replicar modelos extranjeros, sino de adaptar las mejores prácticas internacionales.

El tiempo, que es el activo más valioso en cualquier sistema de pensiones, sigue corriendo para garantizar pensiones dignas para millones de trabajadores mexicanos. Y lo que está en juego no es la viabilidad del SAR, sino la capacidad de las Afores de convertirse en el inversionista institucional que su tamaño ya exige.

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Mario Gámez

Periodista especializado en temas económicos y financieros. Actualmente es el editor general de EL CEO, donde hace cinco años comenzó su aventura como redactor de breaking news. Ha cubierto temas relacionados con la BMV, empresas, regulación financiera y casos corporativos de alto perfil. Antes fue becario en El Universal, la que, según dice, es la mejor escuela de periodismo.

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