
Vladimir Sklarov: el falso banquero que embaucó a millonarios, como Salinas Pliego
Desde la década de los noventa, Vladimir Sklarov inventó varios personajes, mintió a autoridades y falsificó documentos para defraudar a millonarios en todo el mundo.
Vladimir Sklarov, de 63 años de edad, alzó su mano derecha y juró solemnemente decir la verdad ante el juez, el pasado 8 de mayo. Buscaba la prisión domiciliaria en Estados Unidos bajo la tutela de su hija. Pero su intento fracasó. El tribunal explicó que el hombre acostumbra mentir en las cortes. De modo que debía de quedar preso, pues siendo “extremadamente rico”, con diversos pasaportes y acceso a jets privados, tendría todos los recursos para huir apenas pisara la calle.
Desde la década de los noventa, Vladimir —de nacionalidad estadounidense y ucraniana— ha fabricado historias ante jueces, policías, amas de casa, doctores, economistas, financieros, agentes bancarios y empresarios millonarios. Decenas de personas han caído ante este ‘maestro del engaño’.

Tras una revisión en archivos judiciales, EL CEO detectó que entre 2021 y 2024, solamente con dos víctimas, Sklarov se hizo de acciones empresariales valoradas en más de 600 millones de dólares, mediante préstamos presuntamente fraudulentos.
A mediadios de 2021, habría engañado al magnate mexicano Ricardo Salinas Pliego por 450 mdd, y tres años más tarde embaucó a empresarios chinos por otros 175 mdp, de acuerdo con documentos de ambos casos radicados en la Corte del Distrito Sur de Nueva York.
En ese lapso, fue investigado, buscado y acusado en Estados Unidos y en Inglaterra. A pesar de ello, Vladimir se dio tiempo para navegar en su yate, compró mansiones en diversas ciudades del mundo y un castillo en Normandía, transfirió millones de dólares a sus cuatro hijos, y se la pasó viajando entre Georgia y las costas de Grecia, para supervisar remodelaciones en sus principales residencias.
Durante años se desenvolvió con la naturalidad que goza el presidente de un imperio empresarial legítimo. Fue incluso arrestado antes de volar en un jet privado, a principios de mayo, en el aeropuerto internacional de O’Hare en Chicago.

El primer golpe de Sklarov
Múltiples alter egos, pero una sola persona. diferentes versiones, pero un solo hecho: la estafa. De origen ucraniano, Sklarov creció al norte de Chicago, en los suburbios de Uptown. Su primer golpe —por 18 mdd— lo dió en la década de los noventa, cuando tenía más de 30 años.
Defraudó al programa estadounidense Medicalcare vendiendo dispositivos defectuosos, cuya facturación la hizo por medio de empresas fantasma.
En 1998, Sklarov fue declarado culpable de fraude, teniendo que devolver 14 mdp al gobierno estadounidense.
El diario The Wall Street Journal publicó que Vladimir estudió administración de empresas, aunque no obtuvo un título, y se dedicó a las ventas.
Durante su infancia vivió acoso por su acento. “Los recuerdos del trato que sufrí siguen siendo dolorosos”, dijo en una entrevista en 2024.
Pero con el paso de los años, Sklarov se convirtió en un sujeto “divertido y a menudo encantador”, además de dominar temas financieros.
De hecho, durante los correos en el presunto fraude contra Salinas Pliego, sus mensajes denotan tranquilidad. A tal grado que algunos agentes pensaron inicialmente que todo iba bien.
Pero en realidad es un modus operandi con el que llegó a embaucar a millonarios de todo el mundo: asiáticos, europeos y americanos.
El esquema de Sklarov
Su esquema principal consistía en ofrecer préstamos a empresarios, y a cambio les pedía acciones de sus empresas como una garantía, con la promesa de que serían devueltas una vez pagado el adeudo.
Pero eso no ocurría, porque Sklarov vendía las acciones. Para ello el ucraniano redactaba contratos ambiguos o que tuvieran “letras chiquitas”, mientras él revendía esas garantías, y a la par mandaba estados bancarios falsificados, para que nadie sospechara.
Para acercarse a sus víctimas y generar confianza, Sklarov se inventaba algún personaje como banquero o el heredero de fortunas.
A la par creaba empresas fantasma en Bahamas, Islas Caimán, Inglaterra o Ucrania, que simulaban pertenecer a grandes corporativos, a bancos o vinculados a alguna familia acaudalada.
Por ejemplo, creó en Belice la compañía Cornelius Vanderbilt Capital Management Ltd, la cual lleva el nombre del empresario estadounidense más exitoso del siglo XIX, y que simuló ser un banco de inversión y de gestión de activos, “con especial énfasis en servir a la élite y a los ultrarricos”.
Para que la pantomima tuviera éxito creaba sitios Web con información falsa, sumado a que presumía su estilo de vida de lujo.
Además su red de cómplices le ayudaba a entrar a los círculos más cercanos de sus víctimas, por ejemplo, a asesores financieros de magnates.
Para cada fraude tenía una fantasía. Fingió ser de la firma Lehman Brothers, o del banco Bear Stearns, por ejemplo.
De mendigo a millonario

En 2018, Vladimir Sklarov dijo una de las mentiras menos creíbles, aseguró ante un tribunal que vivía en “indigencia extrema”, pero años después, sin explicar cómo, tuvo un cambio económico drástico. La fortuna le sonrió sin más.
Durante su última audiencia tras ser detenido, no quiso dar detalles de dónde ha trabajado en los últimos años, tampoco dónde o con quién ha vivido.
Su reciente exposición mediática, provocó que algunas personas de su pasado lo reconocieran.
“Es un tipo que podría venderle nieve a un esquimal”, declaró al diario Chicago Sun Times, Stephen Golden, un policía jubilado de la Agencia de Vivienda de Indianápolis.
El agente retirado investigó a Vladimir a una de sus empresas que administraba un complejo de apartamentos deficientes como parte de un programa social.
En 2006, la compañía de Sklarov, llamada SLS Management, se declaró culpable de fraude de asistencia social, y fue multada por 425,000 dólares para cubrir la indemnización.
Caso Salinas Pliego
El empresario mexicano Ricardo Salinas Pliego y Eduardo González Salceda Sánchez, su mano derecha para asuntos financieros, conocieron a Thomas Astor Mellon en una videollamada. Lo conocieron por la recomendación de dos gestores, que también habrían caído en los engaños de Sklarov.
Hablando desde un yate lujoso, Mellon —que en realidad era un cómplice de Sklarov— les ofreció un crédito de 115 millones de dólares con una tasa de interés de tan solo 1.15%, una oferta por debajo de lo que ofrecen los bancos. El otro socio de la firma Astor Asset Group era Gregory Mitchell —un personaje de Vladimir—.
Tanto Salinas como su asesor declararon que el contrato era como tantos que habían firmado para préstamos. Como garantía, Salinas Pliego dejó alrededor de 450 millones de dólares en acciones de Elektra, una de sus empresas que opera también en Estados Unidos y Centroamérica.
Después se dieron cuenta de que aquellos socios relacionados al linaje Astor no existían. Como si se quitara una máscara, Vladimir Sklarov reconoció ante los tribunales ingleses que era él quien estaba detrás de Gregory Mitchell. El supuesto Thomas Astor Mellon era el alias de un tal Aleskei Skachkov, un socio comercial de Sklarov que tiene “un historial delictivo significativo” según dijo ante la justicia.
Los engaños de Sklarov
Aunque Sklarov argumentó en la corte que utilizó ese seudónimo para evitar ser discriminado en los negocios —por lo “ruso” que suena su nombre—, la corte dijo que esa explicación carecía de credibilidad. La razón: Sklarov había cambiado legalmente su nombre a Mark Simon Bentley un par de años antes de pactar con el empresario mexicano, un hecho que Salinas Pliego mismo y su equipo presentaron como defensa.
Antes de confesar, el ucraniano intentó deslindarse de sí mismo. Dijo que él solo era un “consultor técnico” de las empresas Astor 3, Vanderbilt y Astor Capital y que solo tenía un “conocimiento limitado” de las transacciones, pero que “no era propietario, beneficiario, ni empleado o directivo de dichas entidades”.
Eso era imposible, argumentó el juez, porque dio dos declaraciones juradas en nombre de cada una de esas empresas respecto. En ellas se refería al fraude como el “acuerdo Elektra” y era parte de su “estrategia empresarial”.
“(Se trató de) una confiscación orquestada, estructurada de tal manera que el prestatario nunca pudiera ganar”, dijo una fuente cercana al caso al diario Currency News.
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