
Por: Sergio Luna, Economista en Jefe de Mifel
Entre las patologías que preocupan a los economistas y sobre la economía mexicana, la más destacada es la de las crisis de endeudamiento. A mi juicio, hay dos razones por las que estos episodios han ocupado el talento de autores que van desde Charles Kindelberger (“Manías, pánicos y cracs: historia de las crisis financieras”), hasta Carmen Reinhart y Ken Rogoff (“Esta vez es distinto. Ocho siglos de necedad financiera”), entre muchos otros.
Primero, porque esta es la forma en la que funciona el capitalismo. No me refiero a la visión marxista, sino a la variedad Schumpeteriana, donde la competencia y la innovación llevan a “destrucción creativa”. En la naturaleza, dicho proceso toma tiempo y descansa en las leyes del azar, la parsimoniosa evolución Darwiniana.
En el capitalismo, es mucho más rápido: el canal financiero permite explorar muchas soluciones simultáneamente, escoger a las triunfadoras y premiarlas con tanto capital como necesiten.
Pero en finanzas no hay certezas; tomas riesgos aprovechando ventajas de escala y monitoreo, pero nada garantiza que aparezcan brechas entre expectativas y realidad. En gran medida, las burbujas financieras no son más que una buena idea llevada al extremo.
Las crisis financieras son una explosión
Lo cual lleva a la segunda razón. Creo que a los economistas nos interesa entender cómo un sistema operando con normalidad puede estallar de súbito. Porque eso son las crisis financieras: una explosión. Los costos son brutales y los efectos económicos, sociales e incluso políticos de lo que parece ocurrir en un instante son de largo plazo.
No es casual que en la historia de las crisis financieras hay fechas precisas: 24 de octubre de 1929 (“Jueves Negro”), 15 de septiembre de 2008 (quiebra de Lehman Brothers), o 20 de diciembre de 1994 (“El error de diciembre”).
No se trata de la única adversidad que puede afectar a una economía. Tomemos el caso de México, donde tengo dos noticias, una buena y otra mala. La primera es que veo pocas probabilidades de una “explosión” como las que he descrito. La mala es que nos aqueja un fenómeno menos espectacular, pero cuya naturaleza crónica puede ser igualmente perniciosa. En un símil, nuestras circunstancias parecen ser las de una “implosión” económica.
La manifestación de una implosión económica
Una “implosión” económica se manifiesta en niveles decrecientes de actividad, asociados a montos de inversión insuficientes. En esa circunstancia, lo que ocurre es un desapalancamiento. La lógica es muy simple; si no inviertes, no te endeudas. El problema es que, a futuro, el crecimiento será aún menor, confirmando el no invertir. Entramos en un círculo vicioso, de “implosión”.
¿Estamos en esa situación en México? Al menos dos estadísticas –una muy conocida y otra no tanto– corresponden con esta descripción. La primera es un cada vez más bajo nivel de actividad. En lo que va del siglo, el crecimiento económico en México promedia 1.5%. La pendiente es cada vez más reducida, pues la cifra de los últimos 10 años es 1.2%.
En términos comparativos los resultados tampoco son halagüeños: durante 2018-2024 nuestro crecimiento promedio (1.1%) es inferior al de nuestros socios comerciales (EUA con 2.6% y Canadá con 1.8%), al de la región Latinoamericana (1.6%) e incluso al de la Unión Europea (UE, 1.5%).
La segunda estadística nos ayuda a determinar si el menor crecimiento coincide con un proceso de desapalancamiento. Cuando comparamos a un país con el resto del mundo, tenemos en mente la balanza de cuenta corriente, que equivale a la diferencia entre ahorro e inversión. El faltante o excedente marca lo que tomamos prestado o prestamos al resto del mundo, ya sea bajo la forma de inversión extranjera directa o de portafolio.
De estos flujos se deriva un acervo clave, la Posición Financiera Neta (PFN): la diferencia entre los activos propiedad de nacionales en el exterior y lo que el resto del mundo posee al interior de nuestro país.
En EUA esta posición es cada vez más negativa (al 2024 representaba 92% del PIB de aquel país), reflejo de los déficits en cuenta corriente que tanto preocupan al presidente Trump. No obstante, también indica algo más: el resto del mundo ve más oportunidades de inversión en los EUA que los EUA en el resto del mundo.
México, con trayectoria opuesta
En el caso de México, la trayectoria es la opuesta: en 2017 la PFN negativa de México equivalía a 45% del PIB; para 2024 la proporción baja a un sorprendente 31%. Así, la tasa a la que los foráneos aumentan sus activos en México es inferior al ritmo al que los mexicanos aumentan sus activos afuera.
En México el bajo crecimiento y menor endeudamiento –o mayor proclividad a invertir fuera– pueden ser reflejo de un pernicioso circulo vicioso en marcha. Ya habrá oportunidad de discutir las razones y las consecuencias de esta situación.
Para leer más de la revista EL CEO da clic aquí
También lee:






