
Por: Pau Messeguer, economista en jefe de Multiva
La economía mexicana parece haber dejado atrás el punto más bajo del ciclo. No porque estemos ante una reactivación generalizada, sino porque en 2026 confluyen algunos apoyos puntuales que podrían llevar el crecimiento anual por encima del observado en 2025: el Mundial, las exportaciones y la infraestructura. Conviene, sin embargo, no confundir mayor crecimiento con fortaleza económica. México avanza, sí, pero todavía con poca tracción.
Los dos primeros motores pueden ayudar a salvar el año, aunque con límites claros. El Mundial tendrá un impacto positivo en los servicios vinculados al turismo, el comercio y el transporte. Las exportaciones seguirán aportando si la demanda externa se mantiene firme y México continúa ganando participación en el mercado estadounidense.
El problema es que el Mundial es, por definición, temporal, y las exportaciones dependen tanto del entorno externo como de la capacidad productiva interna. Ambos pueden sumar en 2026, pero difícilmente reescriben la historia de mediano plazo.
El tercer motor es distinto. México necesita ampliar su capacidad productiva. Para producir más, exportar más y atraer más inversión, antes debe generar condiciones que permitan a las empresas instalarse y operar con certidumbre. Ahí es donde la infraestructura juega en otra liga: bien planeada y ejecutada, puede marcar la diferencia entre una economía que rebota por factores transitorios y una que construye bases más sólidas para crecer.

La infraestructura actúa en dos tiempos
Primero, impulsa la actividad durante la etapa de construcción a través del empleo, la demanda de insumos y el dinamismo regional. Después, cuando las obras entran en operación, reduce costos logísticos, conecta regiones, mejora servicios básicos y facilita la llegada de nuevos proyectos productivos. Su verdadero valor no está solo en cerrar bien 2026, sino en emparejar el terreno para que la inversión pueda instalarse y escalar en los siguientes años.
En lo que va del año se han anunciado más de 50 proyectos de inversión extranjera. La cifra confirma que México sigue siendo atractivo por su cercanía con Estados Unidos, su integración comercial, su base manufacturera y el potencial de la relocalización. Hay interés por México; sin embargo, los anuncios no pagan nóminas, no compran maquinaria, no construyen plantas ni exportan.
Si una empresa no tiene certeza de que contará con energía suficiente, agua, conectividad, permisos, seguridad jurídica y tiempos razonables, el anuncio puede quedar en pausa o ser cancelado. México no puede darse el lujo de que la inversión se quede en presentaciones y comunicados. En una economía de bajo crecimiento, cada proyecto retrasado tiene un costo real y cuantificable.
La inversión física del Estado registró contracciones superiores a 40% al inicio de 2026. Esto sugiere que ni el presupuesto aprobado en el PEF ni el anuncio de 722 mil millones de pesos adicionales en infraestructura se han traducido aún en ejecución visible. La intención existe y los recursos fueron anunciados; lo que falta es verlos reflejados en obra pública, contratos y avances concretos.
Antes de ejecutar, se debe ordenar
Dicho esto, tampoco conviene reducir el debate a gastar más rápido. Antes de ejecutar, es indispensable ordenar prioridades, definir proyectos viables, estructurar su financiamiento y establecer reglas claras para que la inversión pública detone inversión privada. La nueva Ley de Inversión en Infraestructura apunta en esa dirección.
En este ámbito, ejecutar rápido no siempre equivale a ejecutar bien: una obra mal planeada puede costar más, tardar más y aportar menos de lo prometido.
México necesita infraestructura, pero no cualquier infraestructura. Con un margen fiscal limitado, no puede permitirse desperdiciar recursos en proyectos improvisados. La planeación debe celebrarse porque reduce riesgos y mejora el uso de recursos escasos. Pero esa planeación tiene que traducirse pronto en ejecución. Ordenar el proceso es una buena noticia; dejar que el año avance sin obras visibles sería una mala señal.
El reloj corre. México puede alcanzar su crecimiento esperado este año con apoyo del Mundial, las exportaciones y cierta recuperación interna. Pero si aspira a algo más que un simple rebote, necesita convertir la infraestructura en un verdadero puente hacia la inversión.
La economía no vive de anuncios. Vive de proyectos ejecutados, inversión instalada, empleos creados y capacidad productiva ampliada. La pregunta ya no es si hay interés por México, sino si el país será capaz de convertir ese interés en realidad antes de que la oportunidad vuelva a quedarse en promesa.
Expectativas económicas de Multiva en 2026
- PIB: 1.3%
- Tasa de interés: 6.50%
- Tipo de cambio: 18 pesos por dólar
- Inflación general y subyacente: 4.11% y 4.00%
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