
Hablar de informalidad se ha vuelto un ejercicio de diagnóstico. Quiero proponer otra ruta: preguntarnos qué hace falta para que las empresas mexicanas más competitivas contraten mucho más aquí. La respuesta tiene menos que ver con la voluntad que con la naturaleza de sus productos. La tortillería más grande del mundo está en Los Ángeles y es de Gruma, porque una tortilla fresca no cruza fronteras.
Cuando los campeones industriales de México se sientan a proyectar su crecimiento, tienen al país como prioridad; aquí están sus corporativos, su proveeduría y su mercado más importante. Sin embargo, en sus sectores, crecer también significa acercarse físicamente al consumidor. Cada mercado nuevo exige una planta nueva, y esa producción se levanta donde está el consumidor. Entonces, la proximidad se impone a la voluntad.
Cerca de 95% del cemento del mundo se consume en el país donde se produce, porque pesa demasiado y vale muy poco para viajar más allá de unos cientos de kilómetros. Por eso Cemex atiende a más de 50 países con plantas instaladas en cada uno de ellos. Con la tortilla ocurre igual: Gruma llegó a Los Ángeles en 1977 y hoy opera decenas de plantas fuera de México.
Grupo Bimbo, la panificadora más grande del mundo, suma 249 plantas y más de 153,000 colaboradores, con operaciones directas en 39 países. Y las bebidas embotelladas son, en buena medida, agua transportada: en Waco, Texas, Electrolit invirtió 400 millones de dólares en una planta automatizada que empleará a más de 200 profesionistas. En estos giros, la proximidad es inseparable de la competitividad.
Las exportaciones y el empleo formal

Exportar más de lo mismo tampoco resuelve el empleo formal que queremos. Está bien documentado que nuestro sector exportador creció como un enclave: importa insumos, ensambla y exporta, pero arrastra pocos proveedores y poca productividad hacia el resto de la economía.
De ahí que convivamos con exportaciones récord y productividad estancada durante tres décadas. Y sin productividad la formalidad no avanza, porque la formalización sigue a la productividad y no al revés. En suma, ensamblar más no es lo que estamos buscando.
Imaginar una transformación de la matriz productiva depende, entonces, de nuevos sectores. Es decir, aquellos donde el valor agregado se concentra aquí y el producto viaja sin castigo. Los medicamentos y la biotecnología son hoy el ejemplo más claro.
Para un kilogramo de cemento, el flete define el negocio. En cambio, para un kilogramo de medicamento biotecnológico, el transporte resulta irrelevante frente al precio. Una molécula desarrollada, probada y fabricada en la Ciudad de México se vende a cualquier distancia, y el empleo que la produce se queda aquí.
La CDMX, las inversiones y el empleo
Boehringer Ingelheim, por ejemplo, invierte 3,500 millones de pesos para convertir su planta de Xochimilco en la más grande de la compañía en el mundo: 5,000 millones de tabletas al año, exportación a más de 40 países y 1,800 empleos directos. Es decir, una sola planta en una alcaldía de esta ciudad sostiene empleos formales y bien pagados en la CDMX mientras surte a cuarenta mercados.
Y tenemos mucho margen para crecer así. Hoy, 90% de la producción farmacéutica mexicana se destina al mercado interno. Además, México exporta alrededor de 1,600 millones de dólares en productos farmacéuticos, mientras que Estados Unidos importa 237,000 millones al año de todo el mundo. El espacio para ganar mercado, y para contratar aquí, es enorme.
Quiero que la discusión sobre la formalidad sea propositiva. Los campeones industriales mexicanos sí quieren contratar más, y su expansión afuera nos conviene, porque fortalece a empresas cuyas decisiones, corporativos e inversiones siguen en México. Nuestra tarea es complementarlos. Si invertimos en sectores cuyo valor agregado es independiente —rebelde, incluso— de la proximidad, ampliamos la base de empleo formal, elevamos los salarios y, con ese mayor consumo, liberamos el potencial de contratación de los campeones que ya tenemos.
*Este texto fue publicado en la edición número 14 de la revista EL CEO: Economía Digital.
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