7 de marzo 2020 | 4:50 am

Con motivo del 8 y 9 de marzo, EL CEO invita a mujeres empresarias, analistas y líderes en su campo a compartir una reflexión sobre el Día Internacional de la Mujer y el movimiento #UnDíaSinNosotras.

Por: María Elena Estavillo                                                                                                 Economista y experta en materia de Competencia 

Hace muchos años, yo era la representante de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes en un comité del fideicomiso relacionado con la venta de los canales 7 y 13.

En una de las reuniones, estaba presente una persona con el mismo nivel jerárquico que yo tenía dentro de ese órgano de supervisión. Era evidente el trato deferente que le daban algunos de los abogados presentes, pues había sido maestro de varios de ellos.

Nos encontrábamos ya sentados a la mesa, que no era muy grande. Al centro estaban una jarra de café, galletas, azúcar, servilletas, al alcance de todos. En medio de la discusión de los temas que nos llevaban allí, interrumpiendo, el ‘maestro’ levantó la voz para pedirme que le sirviera un café.

Por supuesto que me indignó. Con ademanes exagerados tomé la jarra y una taza y las puse enfrente del hombre, diciéndole que podía servirse él mismo. Uno de sus discípulos, apenado por la situación (aunque nunca entendí si fue por la patanería de su maestro o por mi atrevimiento) se adelantó a tomar la jarra y servirle.

Si creen que eso fue excepcional o que sucedió porque yo era muy joven entonces, lamento decirles que la historia se sigue repitiendo en distintos contextos. Como la vez en que, siendo comisionada del Instituto Federal de Telecomunicaciones, llegué a una ceremonia a la que estaba invitada en la sala de sesiones del Senado.

Ya había acudido en varias ocasiones, así que ese día me dirigí con toda naturalidad al acceso que lleva a la parte baja donde generalmente se acomoda a los invitados. Una persona salió a mi paso y se ofreció amablemente a acompañarme. Me extrañó que tomó otra dirección, pero me respondió que tenían lugares reservados para mí. Me condujo a la parte alta de la sala, y me dejó allí. Realmente yo estaba desconcertada. Me asomé hacia abajo y vi que allí estaban algunos de mis colegas comisionados, que ya tomaban su lugar. Salí del espacio para entrar por el lugar que yo ya conocía y le señalé su error a la misma persona que me condujo arriba. Sin disculparse, me informó que ya no podía darme acceso porque la ceremonia estaba por comenzar.

Mandé un mensaje a uno de mis colegas informándole de la situación y él pidió que me dejaran entrar, así que logré integrarme dando la impresión a todos los presentes, de haber llegado tarde y sin la oportunidad de agradecer la invitación a los senadores presentes. Mi colega -hombre- no encontró ninguna oposición a su petición de darme acceso, la que fue atendida sin preguntas y con toda velocidad.

Las mujeres vivimos esas situaciones con más frecuencia de lo que muchos imaginan. Tenemos allí el reto de no permitir que los machismos cotidianos nos hagan dudar ni dar pasos hacia atrás. Pero son molestas, requieren fortaleza de carácter y un esfuerzo consciente que a veces agota.

Además, y como parte de la dinámica cotidiana en los espacios laborales, están las interrupciones, la necesidad de reforzar nuestras propuestas con análisis más detallados, datos, pruebas, marcos comparativos, para poder despertar un asomo de interés por nuestras iniciativas.

Y también, estar preparadas para reclamar nuestros méritos cuando fácilmente se los apropia algún hombre de nuestro entorno, lo cual es una opción costosa si se pone en riesgo un logro por el que hemos trabajado arduamente.

Si hay algo que escucho frecuentemente entre mujeres exitosas, es que estamos agotadas.

En algunos casos contribuye la doble jornada, pero no en todos. Creo que una gran parte del cansancio proviene de esa batalla incesante que implica sobreponerse a los machismos cotidianos, decidir qué dejar pasar y qué no, cómo abordarlos de la manera más asertiva posible y controlar las emociones. Mantener esa contención, además, es esencial para enfocar nuestra energía, seguir esforzándonos más, estudiar más, rendir más, prepararnos más para no equivocarnos, porque los errores de una mujer son siempre más visibles.

Las mujeres somos fuertes y resilientes. Por eso seguimos adelante.

Pero cómo podríamos avanzar y contribuir a crear un mejor país si pudiéramos desaparecer esas barreras. Por nosotras, por todos.

Sobre la autora:

María Elena Estavillo es economista, especialista en competencia y regulación. Es socia directora de la consultora AEQUUM. También es presidenta de la red de mujeres CONECTADAS y excomisionada del Instituto Federal de Telecomunicaciones. Puedes seguirla en Twitter como @elenaestavillo. 

Este texto es un blog de opinión. Su contenido es responsabilidad del autor y no representa necesariamente la postura de EL CEO.