Credit Suisse inversiones

16 de junio 2021 | 5:00 am

Credit Suisse advirtió sobre la necesidad de que los inversionistas estén más alerta sobre los efectos que la transición energética tendrá sobre su futuro y el de sus empresas. Tras la publicación del estudio “The decarbonizing portfolio”, El CEO habló con James Gifford, Head of Sustainable and Impact Investing Advisory de Credit Suisse, sobre la visión impulsada por el banco global.

1.- Si no eres una compañía de soluciones, normalmente ves la descarbonización como un gasto innecesario. Credit Suisse ha estado hablando sobre la importancia de invertir en la descarbonización. ¿Por qué creen que es importante que las compañías pasen estos procesos?

JG: Es importante diferenciar entre proveedores de soluciones y “compañías normales” que también tienen un riesgo de carbono. Es un ecosistema muy complejo el que está impulsando este cambio, y creemos que las razones de fondo construyen la mejor estrategia para ambos tipos de compañías.

Hay que entender cuáles son estas razones. Primero tenemos la regulación, que no es universal e incluso en Estados Unidos es distinta entre estados; en Europa también hay diferencias entre regiones. Lo importante es que hay suficiente inercia regulatoria en un número considerable de jurisdicciones, que es como poner un precio al carbono de facto. Esto significa que hay suficientes incentivos para invertir en nuevas tecnologías bajas en carbono.

El segundo punto es que la tecnología está mejorando de forma dramática las soluciones de bajo carbono. Si ves las curvas de costo de la energía solar y eólica, así como de almacenamiento de energía, de repente hay un cambio de paradigma. No es sólo en generación eléctrica, hay transformaciones que ocurren también en procesos industriales que necesitan calor, y estos nuevos procesos que usan membranas, por ejemplo, reducen dramáticamente la cantidad de energía necesaria.

La industria de alimentos es un gran ejemplo. La tecnología alrededor de la carne a base de plantas, y las mejoras de productividad en la agricultura en general (invernaderos y granjas verticales) están reduciendo de forma dramática los costos y emisiones de esta industria. La tecnología avanzaría por sí misma, pero los cambios regulatorios ayudan en su impulso aún más rápido.

El tercer punto importante es la consciencia de consumidores y ONGs. El conocimiento sobre estos problemas ha crecido muy rápido en 5 o 10 años, y ahora las compañías buscan volver sus productos más verdes porque reconocen que hay una base de consumidores que no existía hace 15 años.

Las ONGs han traído reflectores al cambio climático, y eso también impulsa a las compañías a hacer cambios importantes e implementar la reducción de carbono en sus procesos y productos.

2.- ¿Cuál es el mayor obstáculo hacia adelante?

JG: Creo que la inercia en la economía es un obstáculo importante porque hay mucha infraestructura y muchos procesos industriales que ya se basan en combustibles fósiles. Hay un dicho que dice que “el futuro ya está aquí, solo que no está distribuido de manera uniforme” y es algo que hemos visto en partes pequeñas de la economía en las que la tecnología se mueve muy rápido.

Siempre hay riesgos financieros y tecnológicos en la implementación, y toma tiempo identificar la tecnología más eficiente.

Supongo que depende de tu nivel de optimismo. Yo soy optimista sobre esta transición, y claro que sería deseable y necesario tener mayor consciencia y mejor regulación, pero también creo que hemos tenido un progreso tremendo en esos espacios a la fecha. Y las nuevas tecnologías, desde las baterías de larga duración, la fusión nuclear, hasta el uso de microbios para la captación de carbono, son todas muy emocionantes.

3.- En Latinoamérica hay varias compañías de oil & gas, además de que nuestra demanda de hidrocarburos será más constante que en otras partes del mundo y nuestra regulación en muchos casos es más laxa. ¿Cómo ven el futuro a mediano plazo para la región de AL?

JG: Para algunas economías será la propia tecnología la que demuestre ser más barata que los combustibles tradicionales, y la transición se dará independientemente de la regulación. Para algunos mercados es difícil saber cuándo ocurrirá eso, y mucho tendrá que ver con atender la intermitencia y la reducción de los precios de almacenamiento de energía, que algunos expertos predicen que ocurrirá en los próximos 10 años.

Cuando los hidrocarburos no sean la opción más barata, la transición será inevitable. Ayuda tener la regulación, pero también los inversionistas juegan un papel importante. Los inversionistas mexicanos son un poco más lentos que en otras partes del mundo, pero la tendencia ya comenzó. Brasil y Chile ya tienen actividad en inversiones sustentables, y en México esta consideración seguramente crecerá con los cambios a la regulación de las Afores.

Esta es la misma tendencia que vimos en Europa hace 10 años, y como tantas de las estrategias ambientales y las tecnologías están siendo impulsadas en otros territorios probablemente no tengamos que esperar 10 años para ver los resultados en mercados emergentes con una adopción más rápida.

Para los mercados emergentes y sus reguladores, gobernadores y empresas, será cada vez más fácil una transición porque la tecnología sencillamente se está volviendo mejor y más barata año con año. Las empresas tienen que reconocer que mientras más pronto comiencen a pensar en esto será mejor para ellas, y con el tiempo se volverá más sencillo.

Mientras esto ocurra hay un periodo de incertidumbre y obviamente algunas economías se moverán más rápido que otras.

4.- ¿Qué pasará entonces con las “compañías normales” una vez que la transición acelere?

JG: La clave para las compañías estará en evaluar si serán uno de los ganadores o
perdedores de un futuro bajo en carbono. En el estudio “The decarbonizing portfolio” de
Credit Suisse destacamos que medir la huella de carbono de una compañía es insuficiente para saber si está preparada para un futuro de bajas emisiones. Nuestro argumento es que, por ejemplo, puede haber un productor de turbinas eólicas que tiene emisiones altas porque trabaja con acero, pero sin duda es parte de un futuro de bajas emisiones y se beneficiará de gran manera. Las compañías mineras que producen cobalto, cobre y níquel también son parte de este futuro y muy probablemente prosperarán a medida que ocurre la transición.

Por otro lado, existen empresas de servicios técnicos para la industria del carbón, por ejemplo. Estas empresas pueden tener bajas emisiones porque sólo están haciendo consultoría, pero en un futuro de bajas emisiones estarían en problemas porque toda su industria se reduciría en tamaño. Es importante para los inversionistas entender que la economía sufrirá una disrupción en un futuro de bajo carbono y esta no afectará sólo a quienes más emisiones produzcan; algunas empresas de bajas emisiones caerán en bancarrota por el tipo de sectores a los que sirven.

5.- Con referencia a las metas del Acuerdo de París, ¿creen que hemos hecho avances suficientes?

JG: Hemos hecho avances importantes y, aunque no es suficiente, sigo siendo optimista de que las tendencias que hemos hablado van en la dirección correcta y nos permitirán llegar al futuro de bajas emisiones.

No soy científico y es difícil saber si llegaremos a la meta porque la velocidad de cambios tecnológicos es muy incierta y mucho depende de eso. Sin embargo, creo que es inevitable que lleguemos a un futuro de cero emisiones eventualmente.

Hay que destacar la velocidad de los avances conseguidos durante la pandemia. El COVID-19 es sobre todo un reto social, y yo hubiera asumido que las preocupaciones ambientales iban a pasar a segundo plano, pero estaba equivocado. Es difícil saber por qué, pero creo que la gente reconoció que nuestro mundo y nuestra sociedad son frágiles y tenemos que asegurarnos de proteger al planeta contra los efectos del cambio climático.

Creo que nunca habíamos tenido una inercia tan grande en lo que refiere a inversiones en tecnología de bajo carbono. Se trata de un fenómeno curioso, que la pandemia haya traído a la atención de la gente la necesidad de actuar de forma colectiva frente a la crisis climática.