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La inequidad de una economía termina por reflejarse en tensiones sociales. (iStock)

15 de octubre 2018 | 5:00 am

La campaña electoral que lideró Andrés Manuel López Obrador, próximo presidente de México, destapó una verdad incómoda: la gran brecha de desigualdad que azota al país y que en 10 años le costó 10% de su Producto Interno Bruto (PIB).

Los altos niveles de desigualdad y la falta de oportunidades de movilidad social que imperan en México, además de generar un clima de malestar y polarización social, afectan el desempeño del mercado interno y la economía.

Las cifras son contundentes: el 1% de la población en México posee el 43% de toda la riqueza en el país. Mientras que entre 1985 y 2005 el aumento de la desigualdad redujo el crecimiento del PIB en 10%, según estudios de Oxfam y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

En la medida en la que una economía tenga amplios sectores de la población con una capacidad de compra limitada, sus posibilidades de crecimiento se verán comprometidas.

Suele estar asociada a mayores tensiones sociales que se ven en temas como violencia, seguridad pública e incluso en confrontaciones políticas. Lo que hemos detectado es que hay condiciones que hacen más difícil la convivencia

Rodolfo de la Torre, director en desarrollo social con equidad, del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY)

La falta de equidad y de movilidad social, es decir, la posibilidad de ascender de nivel socioeconómico, tienen un claro reflejo: 70 de cada 100 mexicanos que nacen en el quintil más bajo de la distribución no logran salir de la condición de pobreza. Además, solo cuatro de cada 100 alcanzan el quintil más alto, según el estudio ‘México 2018: movilidad social para el bienestar’ del CEEY.

Así, el nivel socioeconómico del hogar donde se nace determina, en buena medida, el nivel de vida futuro, independientemente del mérito o esfuerzo del individuo, lo cual derrumba el mito de “es pobre porque quiere”.

Pobreza y desigualdad

La pobreza y desigualdad son fenómenos que generalmente aparecen juntos, sin embargo, estos conceptos son diferentes, de acuerdo con el estudio ‘Desigualdades en México 2018. Entrecruzamiento y acumulación de desventajas’ del Colegio de México.

La pobreza es la falta de recursos económicos, así como la presencia de carencias sociales (salud, educación, seguridad social, por mencionar algunas). En tanto que la desigualdad implica la falta de oportunidades que frenan el potencial del capital físico, social y humano, lo que provoca que persista la pobreza debido a la nula movilidad social.

Al cierre del 2016, 53.4 millones de mexicanos vivían en pobreza, lo que equivale a 43.6% de la población. Estas cifras se han mantenido en las últimas décadas; en 1994 había 52 millones de pobres.

Lo que muchas veces se argumenta es que no importa que haya desigualdad, se enfocan en la pobreza, pero cuando hay grandes brechas, las élites usan su poder económico para ejercer influencias y usar las políticas públicas a su favor

Milena Dovali, coordinadora de investigación de Oxfam México.

Agregó que no se consienten políticas públicas que permitan a la población de menores ingresos mejorar sus condiciones de vida, lo que justifica la desigualdad alrededor de un discurso meritocrático, pese a que el futuro de un individuo está fuertemente determinado por factores como género, raza o color de piel, lo que no está en su control.

De esta manera, la falta de oportunidades de movilidad social genera una perpetuación de las condiciones de pobreza, mientras que los segmentos más ricos de la población generan una transmisión favorable de las condiciones sociales y de vida.

¿Cómo combatirla?

Para cerrar la brecha de desigualdad y con esto apuntalar el fortalecimiento del mercado interno, los especialistas coinciden en que en el corto plazo es necesario insertar a las personas a una economía en crecimiento, que sea incluyente para no concentrar sus beneficios en ciertas regiones, además de mejorar la eficiencia del gasto público.

“Esto requiere desde revisar la política salarial, cambiar la forma en la cual se administra el gasto público para que proporcione más oportunidades hasta tener una política de inversión en capital humano e infraestructura en en donde más se necesita”, dice De la Torre.

Mientras que, en el largo plazo se requiere cambiar el balance del poder, dado que muchas instituciones públicas están capturadas por intereses económicos que dictan legislaciones o disposiciones fiscales a favor de unos cuantos.

En tanto, Oxfam ha planteado un decálogo de propuestas para combatir la desigualdad que incluyen: consolidar un sistema de seguridad social universal efectivo; incrementar los recursos de las cinco entidades federativas más pobres del país (Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Veracruz y Puebla) para mejorar la infraestructura escolar, construir nuevos hospitales y mejorar el acceso y calidad de la educación; así como una nueva política industrial, por mencionar algunas.

“El proceso electoral fue un síntoma de algo más profundo la polarización económica que ya existía y se ha estado agravando, pude parecer más visible y más preocupante porque es notorio el debate y confrontación de diversos grupos”, dijo el director del CEEY.