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9 de julio 2019 | 8:00 am

El último informe sobre cambio climático de las Naciones Unidas arrojó una conclusión poco tranquilizadora: se necesitan acciones concretas y urgentes para salvar la vida del planeta. La fecha límite es el año 2050.

Y la primera línea de lucha contra el cambio climático está en las ciudades, ya que concentran el 60% de la población y en menos de 15 años serán el hogar de dos terceras partes de las personas del planeta.

No se trata únicamente de prevenir en poblaciones emergentes sino de hacer cambios profundos en las ciudades que ya habitamos, por más grandes que sean.

“Es posible reconvertir ciudades porque si algo nos ha enseñado la historia es que son un artefacto humano con una enorme adaptabilidad. Hay ciudades que tienen miles de años de antigüedad y todas se han ido adaptando” dijo en entrevista con EL CEO Elkin Velásquez, director regional de ONU Habitat para América Latina y el Caribe.

Lo que nosotros estamos tratando de hacer es acompañar a los gobiernos y sociedad civil para que esas ciudades vayan internalizando tecnologías sustentables y comportamientos que faciliten resultados en sostenibilidad. Al mismo tiempo que generamos un conjunto específico de metodologías que permiten que las ciudades lleguen más rápido a la resiliencia, que alcancen mayor seguridad y disminuyan sus brechas de desigualdad.

Estas metodologías se resumen en la Nueva Agenda Urbana y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que se entienden como el mapa a seguir para reducir la huella humana en la tierra.

193 países, entre ellos México, se comprometieron a guiarse por esos ejes en la planeación de sus ciudades y aunque se avanza sigue haciendo falta trabajo.

“Hay muchísimo por hacer; por ahora no es factible hablar de una escala de calificación porque no es un tema únicamente de resultados, es un tema de procesos y los resultados empiezan a aparecer en la medida en que todos los procesos están funcionando”.

Sin embargo destaca que los planes locales de desarrollo de los países “se inspiran y utilizan los ODS como una especie de espejo. También vemos mucha actividad desde los organismos de la sociedad civil y desde la academia se está avanzando en sensibilizar y hacer investigación relacionada con dichos objetivos”.

Esas alianzas entre academia, sociedad civil y gobierno han permitido que nuevas alternativas en industrias o movilidad encuentren eco, por ejemplo el caso del crecimiento en el uso de la bicicleta como medio de transporte diario.

Pese a los buenos ejemplos, los países latinoamericanos se enfrentan a múltiples retos, entre ellos los flujos migratorios multitudinarios, economías en vías de desarrollo, inseguridad, así como visiones políticas contradictorias.

Precisamente como tenemos desafíos es necesario ponderar las alianzas. El objetivo 16 es más importante en América latina que en otras partes del mundo porque en la región el sentido de colaboración todavía tiene mucho por desarrollar.

Lo que dice la encuesta mundial de valores es que los niveles de desconfianza interpersonal son muy altos, por lo tanto no es tan fácil entrar en relaciones de colaboración y por supuesto esto se traslada hacia las instituciones públicas y los organismos privados, agrega.

“Y hay formas de trabajar para ir construyendo confianza desde los niveles más concretos, específicos y aterrizados hasta los niveles más amplios. Este es un tema central y hay que promover más alianzas para combatir la alta desconfianza”.

El papel de la iniciativa privada

Aunque todos los ODS están de una u otra forma relacionados con el papel que desempeña la industria, el número ocho, nueve y doce ejemplifican la relación que tiene el desarrollo sostenible con el consumo y las formas de producir y distribuir bienes y servicios.

Elkin considera que una parte de la industria privada ya comienza a entender su papel dentro de la lucha contra el cambio climático “en américa latina y el caribe este sector empieza a ser sensible y comienzan a pensar que toda inversión que además de rentable tiene que tener un impacto social”.

Aunque como en los casos anteriores queda mucho por hacer “incluso aunque cambie completamente el modelo económico, no va ser de la noche a la mañana, pero tenemos que adaptar este sentimiento de emergencia a un camino que permita entender qué es lo mejorable y adaptable, por ejemplo revisar los patrones de consumo, así como los comportamientos individuales y colectivos”.

Ejemplifica este cambio en los hábitos de consumo con la vivienda y recuerda que para las generaciones de la posguerra la ruta normal era convertirse en adulto, conseguir empleo, adquirir una vivienda y establecer ahí una familia, lo que generó un modelo de producción que ya mostró que no es sostenible.

Lo que ha terminado por determinar parte del modelo de negocios es el valor de la tierra; se buscan sitios donde la tierra es barata para poder desarrollar viviendas casi siempre homogéneas para un corte financiero de corto plazo y que salgan al mercado rápidamente, lo cual no está funcionando .

Además de que ya no es el que mejor se adapta al estilo de vida actual “pues hay otras formas de acceder a vivienda, por ejemplo con los esquemas de renta”.

Espera que eso mismo ocurra con el uso del automóvil “que se concebía como un símbolo de estatus social y dentro de unos años eso dejará de ser y esos nuevos patrones son los que por supuesto tendrán un impacto en las cadenas productivas”.

El caso de México

México se encuentra entre los países que han tomado como ejemplo los ODS, por ejemplo con el Programa de Mejoramiento Urbano. Este programa reorientó recursos que eran destinados al desarrollo de vivienda nueva hacia el mejoramiento barrial, y que ya ha comenzado a mostrar sus efectos en la industria mexicana de la vivienda.

La opinión que el directivo tiene de esa estrategia es que va en sintonía con el nuevo modelo de ciudad que se busca gestionar.

“Lo que hemos visto en el mundo en no pocos proyectos de vivienda es que se olvidó que las personas que iban a vivir ahí necesitan tener acceso a oportunidades como trabajos cercanos o acceso a salud y por eso hay tantos ejemplos de soluciones de vivienda que terminaron abandonados”.

“Así que cuando yo escucho a un gobierno decir que van a pasar de un modelo centrado a la vivienda a un modelo con visión urbanística integral, tengo que decir de entrada que ese es el camino que establece la nueva Agenda Urbana”.

Otro de los proyectos que considera en sintonía con esa agenda pese a que dentro del país existen serias dudas al respecto es el tren maya.

La experiencia de ONU Hábitat nos permite decir que las regiones que progresan son aquellas que tiene la capacidad de utilizar de manera inteligente la infraestructura, porque se requiere para la conectividad y para facilitar el desarrollo económico y social pero estos beneficios se materializan en la medida en que el proyecto va acompañado de un proceso de desarrollo integral donde hay una cantidad de operacione urbanas integrales conectadas con la infraestructura.

Es decir que los beneficios que promete el tren Maya podrán ser visibles únicamente en la medida en que se logre incluir a las comunidades impactadas “puede ocurrir lo contrario si se piensa únicamente en la infraestructura y no se catalizan los efectos positivos. Todo esto está conectado con la posibilidad de planear bien el desarrollo territorial integrado y con tener indicadores homologables, en este caso se trata del índice de prosperidad urbana. Lo que sugiero es que se mire este proceso como una oportunidad. Pero debe haber un diálogo franco abierto con base en evidencia para tener una mejor perspectiva”.